
Sentado en el balcón de uno de los departamentos del piso 14, meditaba su decisión. Revolvía y revolvía su memoria, buscando respuestas que no estaban... ¿ Qué lo había llevado a tomar tan drástica decisión? No lo sabía, sin embargo su vida atestiguaba lo contrario.
Tenía sólo siete años cuando descubrió que habitaba en un lugar triste y frío, con esta certeza se fue su niñez. Hijo, sobrino, nieto y primo de la nada, se sorprendió de repente viviendo en un orfanato. Allí fue maltratado, insultado, golpeado, ignorado y escupido... dolorido, decidió marcharse. Tenía trece años y se sentía un adulto.
No tuvo que empacar, pues poseía nada; solo se despidió de su amigo, el del alma, aquel que lo acompañó siempre. Una mezcla tremenda de emociones le embargaban el alma, mientras miraba los ojos de su amigo, quien aún no entendía el sentido de esa pequeña reunión. Con su mano derecha le apretó el hombro y una lágrima solitaria se dejo caer, fue esa la señal que advirtió a su amigo de la irrevocable decisión. Dos niños, de trece y once años, protagonizaban el momento más amargo de sus cortas vidas; ninguno tenía padres, sabían que la familia adoptiva es un sueño difícil en Chile, ninguno tenía nada... eran ellos dos, nada más.
Me voy a santiago – dijo.
Lloraron juntos los buenos y malos momentos.
Te voy a extrañar – respondió el pequeño.
Sabían que no se volverían a ver.
Algo le habían dicho de la capital, que era grande, que había de todo, que el trabajo sobraba, y otras tantas cosas que Juanito creyó inmediatamente. Y así partió, preparado para el éxito. Con nada en los bolsillos, solo la esperanza de lograr algo en poco tiempo, comenzar a trabajar y vivir bien, algo que él no conocía.
Llegó un día martes, a eso de las seis de la mañana. El sol comenzaba a asomarse en el horizonte capitalino, pero el frío en Santiago no cedía ni un poco de su terreno; a pesar de andar muy desabrigado, la alegría de haber llegado apaciguaba el hielo. Determinado a llegar a algún lugar, aunque sin saber donde, comenzó a caminar. A medida que andaba veía caras, cosas, casas, imágenes espantosas que asemejaban pesadillas de su infancia. Era un chiquillo terco y fuerte, se sobrepuso y comenzó a buscar algún lugar que le permitiera hacerse de algunas monedas... sabía amasar, era lo único que había aprendido en el “hogar de menores”. Visitó cada panadería que vió en cada calle que recorrió, yendo y viniendo en ese inmenso laberinto llamado capital, pero nada. Nadie estaba interesado en contratar a un pequeño niño sucio – y sin documentos – que asegura ser panadero.
Esa noche se vió obligado a dormir en la calle, sintió frío y hambre como jamás se imaginó sentiría, a pesar de todas las pellejerías que vivió en el “hogar”, tuvo cama y comida.
Estaba confundido, la gente decía que la capital era maravillosa, no podían haber mentido... el frío dolía, pero más le dolía la certeza de haberse equivocado, de haber renunciado a los seudo-privilegios del orfanato.
A la mañana siguiente, sobreponiéndose un poco a la malísima noche recién pasada, continuó buscando un alma generosa que lo tomara en cuenta para algún trabajo de panadería, lo único que consiguió fue un par de patadas en el trasero que lo sacaban volando de uno que otro almacén, por haber espantado a la clientela. “ La higiene es lo más importante “ decía un letrero colgado en una de las paredes de una panadería.
Pasaron semanas y la desesperación y el hambre y el frío ganaron, comenzó a robar. Partió hurtando frutas en una feria, lo que le permitió apalear – en parte – el hambre. Luego empezó a colgar a pequeños escolares, a los que quitaba unas cuantas monedas... y de a poco fue avanzando en su vida delictual. Un par de años después ya era conocido y respetado por pandilleros de la zona, pero nunca quiso unírseles.
Yo no maleteo – decía.
Ya era un delincuente hecho y derecho, pero jamás le había hecho daño a alguien.
Esa era una noche fría, amenazaba con llover – “abril, aguas mil”, dicen –, decidió entrar. Aquel edificio de departamentos prometía un gran botín, esperó escondido a un costado de las escaleras, los moradores del departamento veintiocho abandonaron el lugar. Se abría la pequeña brecha de oportunidad, no podía permitir que la nebulosa moral o emocional le impidiera realizar el robo, la reprimió. Forzó la puerta con extraño silencio, ya estaba adentro y todo lo difícil parecía haber pasado. Inició la operación. Intruseó en cada gaveta, cada armario, velador y cualquier otro lugar donde se pudiera guardar algo de valor. Eligió el botín, lo acomodó, estaba presto a irse, algo ocurrió.
Habían vuelto, si, los moradores habían regresado y él no podía entenderlo, sólo habían pasado quince minutos.
El forcejeo dio paso a los golpes, los golpes a las heridas y las heridas a la muerte. Cuando se detuvo ya era demasiado tarde, la sangre inundaba la escena y él tenía sus manos manchadas con ella y no entendía y no asimilaba...
Sentado en el balcón de uno de los departamentos del piso 14, meditaba su decisión. Revolvía y revolvía su memoria, buscando respuestas que no estaban... había quitado la vida a dos personas. Se arrepintió, pero ya estaba cayendo.
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Este cuento lo escribí hace años ya... fue uno de mis primeros experimentos literarios. En ese tiempo soñaba con cambiar el mundo, quería y soñaba con que sería mejor... creía en las personas. Es cierto que ser racional es muy bueno y me genera certezas profesionales, aunque a veces siento que a medida que pasa el tiempo me vuelvo un número, un cálculo... En fin, C'est la vie
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