viernes, 26 de enero de 2007

Un cuento



Sentado en el balcón de uno de los departamentos del piso 14, meditaba su decisión. Revolvía y revolvía su memoria, buscando respuestas que no estaban... ¿ Qué lo había llevado a tomar tan drástica decisión? No lo sabía, sin embargo su vida atestiguaba lo contrario.

Tenía sólo siete años cuando descubrió que habitaba en un lugar triste y frío, con esta certeza se fue su niñez. Hijo, sobrino, nieto y primo de la nada, se sorprendió de repente viviendo en un orfanato. Allí fue maltratado, insultado, golpeado, ignorado y escupido... dolorido, decidió marcharse. Tenía trece años y se sentía un adulto.

No tuvo que empacar, pues poseía nada; solo se despidió de su amigo, el del alma, aquel que lo acompañó siempre. Una mezcla tremenda de emociones le embargaban el alma, mientras miraba los ojos de su amigo, quien aún no entendía el sentido de esa pequeña reunión. Con su mano derecha le apretó el hombro y una lágrima solitaria se dejo caer, fue esa la señal que advirtió a su amigo de la irrevocable decisión. Dos niños, de trece y once años, protagonizaban el momento más amargo de sus cortas vidas; ninguno tenía padres, sabían que la familia adoptiva es un sueño difícil en Chile, ninguno tenía nada... eran ellos dos, nada más.

Me voy a santiago – dijo.

Lloraron juntos los buenos y malos momentos.

Te voy a extrañar – respondió el pequeño.

Sabían que no se volverían a ver.

Algo le habían dicho de la capital, que era grande, que había de todo, que el trabajo sobraba, y otras tantas cosas que Juanito creyó inmediatamente. Y así partió, preparado para el éxito. Con nada en los bolsillos, solo la esperanza de lograr algo en poco tiempo, comenzar a trabajar y vivir bien, algo que él no conocía.

Llegó un día martes, a eso de las seis de la mañana. El sol comenzaba a asomarse en el horizonte capitalino, pero el frío en Santiago no cedía ni un poco de su terreno; a pesar de andar muy desabrigado, la alegría de haber llegado apaciguaba el hielo. Determinado a llegar a algún lugar, aunque sin saber donde, comenzó a caminar. A medida que andaba veía caras, cosas, casas, imágenes espantosas que asemejaban pesadillas de su infancia. Era un chiquillo terco y fuerte, se sobrepuso y comenzó a buscar algún lugar que le permitiera hacerse de algunas monedas... sabía amasar, era lo único que había aprendido en el “hogar de menores”. Visitó cada panadería que vió en cada calle que recorrió, yendo y viniendo en ese inmenso laberinto llamado capital, pero nada. Nadie estaba interesado en contratar a un pequeño niño sucio – y sin documentos – que asegura ser panadero.

Esa noche se vió obligado a dormir en la calle, sintió frío y hambre como jamás se imaginó sentiría, a pesar de todas las pellejerías que vivió en el “hogar”, tuvo cama y comida.
Estaba confundido, la gente decía que la capital era maravillosa, no podían haber mentido... el frío dolía, pero más le dolía la certeza de haberse equivocado, de haber renunciado a los seudo-privilegios del orfanato.

A la mañana siguiente, sobreponiéndose un poco a la malísima noche recién pasada, continuó buscando un alma generosa que lo tomara en cuenta para algún trabajo de panadería, lo único que consiguió fue un par de patadas en el trasero que lo sacaban volando de uno que otro almacén, por haber espantado a la clientela. “ La higiene es lo más importante “ decía un letrero colgado en una de las paredes de una panadería.
Pasaron semanas y la desesperación y el hambre y el frío ganaron, comenzó a robar. Partió hurtando frutas en una feria, lo que le permitió apalear – en parte – el hambre. Luego empezó a colgar a pequeños escolares, a los que quitaba unas cuantas monedas... y de a poco fue avanzando en su vida delictual. Un par de años después ya era conocido y respetado por pandilleros de la zona, pero nunca quiso unírseles.

Yo no maleteo – decía.

Ya era un delincuente hecho y derecho, pero jamás le había hecho daño a alguien.

Esa era una noche fría, amenazaba con llover – “abril, aguas mil”, dicen –, decidió entrar. Aquel edificio de departamentos prometía un gran botín, esperó escondido a un costado de las escaleras, los moradores del departamento veintiocho abandonaron el lugar. Se abría la pequeña brecha de oportunidad, no podía permitir que la nebulosa moral o emocional le impidiera realizar el robo, la reprimió. Forzó la puerta con extraño silencio, ya estaba adentro y todo lo difícil parecía haber pasado. Inició la operación. Intruseó en cada gaveta, cada armario, velador y cualquier otro lugar donde se pudiera guardar algo de valor. Eligió el botín, lo acomodó, estaba presto a irse, algo ocurrió.

Habían vuelto, si, los moradores habían regresado y él no podía entenderlo, sólo habían pasado quince minutos.

El forcejeo dio paso a los golpes, los golpes a las heridas y las heridas a la muerte. Cuando se detuvo ya era demasiado tarde, la sangre inundaba la escena y él tenía sus manos manchadas con ella y no entendía y no asimilaba...

Sentado en el balcón de uno de los departamentos del piso 14, meditaba su decisión. Revolvía y revolvía su memoria, buscando respuestas que no estaban... había quitado la vida a dos personas. Se arrepintió, pero ya estaba cayendo.


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Este cuento lo escribí hace años ya... fue uno de mis primeros experimentos literarios. En ese tiempo soñaba con cambiar el mundo, quería y soñaba con que sería mejor... creía en las personas. Es cierto que ser racional es muy bueno y me genera certezas profesionales, aunque a veces siento que a medida que pasa el tiempo me vuelvo un número, un cálculo... En fin, C'est la vie

miércoles, 24 de enero de 2007

Vinculos


Entonces apareció el zorro:
—¡Buenos días! —dijo el zorro.
—¡Buenos días! —respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.
—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.
—¿Quién eres tú? —preguntó el principito—. ¡Qué bonito eres!
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!
—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.
—¡Ah, perdón! —dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
—¿Qué significa "domesticar"?
—Tú no eres de aquí —dijo el zorro— ¿qué buscas?
—Busco a los hombres —le respondió el principito—. ¿Qué significa "domesticar"?
—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? —volvió a preguntar el principito.
—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear vínculos... "
—¿Crear vínculos?
—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito
igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
—Comienzo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor... creo que ella me ha
domesticado...
—Es posible —concedió el zorro—, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
—¡Oh, no es en la Tierra! —exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
—¿En otro planeta?
—Sí.
—¿Hay cazadores en ese planeta?
—No.
—¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
—No.
—Nada es perfecto —suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor... domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
—Ciertamente —dijo el zorro.
—¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros.
Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
—Adiós —le dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.
—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
—Yo soy responsable de mi rosa... —repitió el principito a fin de recordarlo.


A. de Saint-Exupèry, El Principito, Cap. XXI.


No hay mucho que decir... hemos olvidado ya cómo se construyen los vínculos y la responsabilidad que representa el tenerlos. Este capitulo del libro me golpea cada vez más fuerte.